Pero Sarita no tenía miedo, ella anhelaba intentarlo.
Soñando con príncipes y con fantasmas...
Sarita era una niña muy terca, nunca escuchaba a la primera.
Su abuelito siempre la había regañado. Qué pasa Sarita que no crees en palabras?
En las noches Sarita tejía ilusiones que vestía en las tardes soleadas.
En las mañanas cosía canciones que la arropaban cuando las nubes la enfriaban.
No llores Sarita, no endurezcas tu alma.
-La dulzura (no) se escapa-
Son aquellas cicatrices que adornarán la espera, el caparazoncito que ahora llevaba.
Ya Sarita no quiere estar triste.
Ya había aprendido lo que tanto soñaba.
Al fin había amado y era libre.
Había dejado ir lo que más deseaba...

